5ª.  Reunión  Nacional  de  la  Red  Mexicana  de
Estudios de Espacios y Cultura Funerarios, A. C.
En el Museo – Mural Diego Rivera
Junio 26 y 27 del 2008

Mesa 5.-  Rituales,  Mitos  y  Leyendas
en el ámbito de los espacios funerarios

El culto a la Santa Muerte
en el barrio de Tepito y anexas

Por: Alfonso Hernández Hdez.
Cronista  del  Barrio  de  Tepito

“En nuestro pasado prehispánico, el rey-poeta, Nezahualcótotl escribió: “Toda la redondez de la Tierra es un sepulcro; no hay cosa que sustente, que con título de piedad no la esconda y la entierre”. Y en nuestro presente chilango hemos olvidado que el dormir cada día es el ensayo de un sueño mayor...”

La ciudad ilustrada, opulenta y cristiana, genera acusaciones genéricas con calificativos avanzados contra los barrios populares, a los que estigmatiza, cual si fueran verdaderos potreros de la muerte

La religión en su obsesiva necesidad de dominarlo todo, ha tenido por consecuencia el olvido de nuestro ser ritual, expresivo y ceremonial; cuya recuperación no implica irracionalidad, sino que, todo lo contrario, es la condición de la sana racionalidad, cuya devoción emotivamente primaria se enfrenta a la condición del hombre moderno y su ceguera; no ya para entender a los demás, sino para comprenderse a sí mismo, sin nada que opaque su propia naturaleza.

Cuando llega el momento de chiras pelas, y La Cierta se hace presente, para llevarnos al otro barrio, es un hecho que no hemos de trivializar, cuando tal suceso se convierte en guía. Lo cual sugiere que no hay que dejar al Yo (a nosotros) fuera de la figura con la que se representa a la Muerte.

El Yo es una parte fundamental de todos los elementos de esta figura. Pues lo que le da contenido y profundidad a esta, es la unión entre cada quien y Ella. Ya que entre los devotos de la Santa Muerte persiste el reconocimiento de algo que es humano y que puede manifestarse de formas distintas. De ahí que, para quienes no son devotos, lo siniestro de tal costumbre se considere como el miedo a la existencia y su relación con otros aspectos de la vida humana. Y en tal perspectiva, la religión, en esencia, no es sino el intento de ponerse a salvo de las inclemencias de la vida.

Se llega a decir que la religión es como un sentimiento; un sentimiento que anhela lo que no puede. Mientras que esta devoción callejera es un sentimiento que no se deja engañar por las formalidades del dogma religioso, que no permite el reencuentro con nosotros mismos, ni con nuestras creencias primitivas, cuyas expectativas y valores dan sentido a la existencia.

En estos tiempos, el proceso de evolución cultural del hombre todavía no despeja ni responde los enigmas que circundan el nacimiento y la muerte, el fin de la magia y el surgimiento de la religión. Por esto, la devoción de la Santa Muerte se ejerce de manera simpatética y homeopática.

Es simpatética porque, implica una correspondencia de influjos y reacciones entre realidades alejadas en el espacio, pero que se encuentran sumergidas en el agua de la duda. Y es homeopática porque la rige el principio de similitud, cuya probada aplicación familiar sabe que lo semejante es un remedio que alivia y cura cuando se traduce en una filosofía de la vida y el destino. Y quien se atreve a conmoverse por la majestad de la muerte, sólo puede expresarlo a través de una vida en consonancia. Esto no es, naturalmente, una explicación, sino colocar un símbolo en vez de otro. Una ceremonia en vez de otra.

De cara al espíritu de la fiesta, la naturaleza interna de la costumbre es la que nos hace atractivo lo siniestro. Expulsar la muerte o matar la muerte representada como esqueleto, como si, en cierto sentido también estuviera muerta. Nada es tan muerto como la muerte; nada es más bello que la belleza misma. Es por esto que a la filosofía actual y a las teorías pueriles les falta el aspecto infantil. Y a veces es tanta la aglomeración de opiniones en torno a esto que, no afloran porque todas quieren abrirse paso y, así, se tapan unas a otras su explicación lógica.

Lo posiblemente correcto para entender todo esto, será encontrar analogías, es decir, semejanzas que han de partir desde nosotros mismos. Pues entenderíamos que todo lo terrible que podemos pensar que ocurrirá, nace de lo terrible que es la vida misma. En tal caso, la devoción a la Santa Muerte viene a ser un exutorio para acabar completamente denotado por la existencia.

Para describir México se dice que limita al norte con los Estados Unidos. Y al sur con Guatemala, al este y al oeste con los océanos. Y para describir lo mexicano, no se puede hablar de fronteras políticas ni de límites culturales, pues todo lo mexicano tiene su lado ídolo, como indicio de la resistencia del imaginario arcaico que pervive a lo largo de la historia moderna en la que México nunca muere, exactamente como Dios en el himno de las regiones de Oaxaca y Chiapas.

En nuestra nación, está siempre presente la Muerte, respirando el aire que respiramos, alimentándose de nuestras tortillas y nuestros frijoles. Duerme junto a nosotros, en nuestro mismo lecho tan próximo de la tierra. Es por ello que, lo que es natural no nos es triste. El mexicano habita más en la Tierra que en el Cielo. Por eso es que en lo sobrenatural no rechaza ninguna alianza, que en otras partes consideran sacrilegios. Donde la imagen de la muerte representa un símbolo colectivo de representación social que refleja una realidad histórica de lo mexicano frente a la cultura oral, abstracta e ideográfica del judeocristianismo.

En la tierra mexicana, en que todo es una pregunta en espera de respuestas, y la muerte constituye un núcleo cultural que vincula lo popular tradicional al imaginario histórico. Tepito se ha convertido en un escenario adecuado para la tragedia religiosa. Donde la Muerte redime y lo verdaderamente religioso es concederle esa esperanza a la muerte. Ya que como todo lugar antropológico, el barrio de Tepito está constituido por su esencia cultural reforzada por sus propias estrategias sociales.

Azúcar, arcilla, cristal, tela, papel, resina, o tan solo un humilde garbanzo, no hay material que no sea bueno para confeccionar una imagen de la Muerte siempre amable y tolerante. Los antiguos cortejos de la Muerte muerta tenían por cráneo garbanzos de aspecto atroz. Cada garbanzo, visto de perfil, confería a la Muerte un aspecto con rapacidad macabra.

El Tonal protector

El nicho de la Santa Muerte de Alfarería 12 contiene una emotividad emosignificativa, destacable en la manera que los devotos escenifican su identidad co-fundiendo hitos cronotópicos con escenarios de dramatización social. Donde la imagen de la Muerte es adoptada como un Tonal o sombra destinada a proteger. Antes, la iglesia era la única institución que podía organizar ciertos ritos religiosos tradicionales. Y hoy, es el barrio el que muestra el nuevo mosaico de usos y significados profanos.

Acá en Tepito, cada día primero de mes, el barrio bravo se calla para rezarle a la Santa Muerte, emisario de Dios que sabe cuando quitar la luz de la vida. Donde el aire ferviente de innumerables lenguas de fuego votivo envuelven el silencio de su imagen. Sin que nadie se atreva a descifrar los resortes ocultos que animan su devoción en los laberintos de lo vivido en unión con quienes forman parte de una comunidad cuya sombra individual forma parte de una sombra colectiva que infunde respeto y miedo.

Dentro de la cosmogonía del mito fundacional de este barrio, es normal que sea en Tepito donde surja y fructifique este culto, al que concurren devotos de toda la ciudad y de la provincia. Cuya identidad es refrendada con la vigencia de los dones y valores compartidos voluntariamente. En Tepito, la sabiduría de la incertidumbre barrial consiste en asumir nuestros miedos. Pues entre las voces del corazón y las del alma, le damos preferencia a las del alma. Porque la vida corre tranquilamente hacia esa querida Señora que nos espera al final del camino.

Debido a la sucesión acelerada de la crisis, la neurosis urbana produce artículos de consumo en la economía psíquica, justo en la medida que decrece considerablemente la seguridad en las condiciones de vida, Quizás por ello debe su esplendor el surgimiento del pensamiento del eterno retorno, al hecho de que en toda circunstancia ya no se puede contar con un retorno de situaciones en plazos menores que los que ponía a disposición la eternidad. Y el retorno de las constelaciones cotidianas se hizo paulatinamente menos frecuente, lo que pudo despertar el vago presentimiento de que habría que contentarse con la fantasía social de las constelaciones cósmicas.

El hecho de que la reliquia provenga del cadáver y el souvenir de la experiencia difunta, hacen la vivencia. Y si la alegoría barroca ve el cadáver sólo desde el exterior, la vivencia lo ve asimismo desde el interior. Traduciéndose en una alegoría vivencial, que no es verbal sino óptica; pues la muerte es un dignatario digno de respeto, particularmente por aquellos que la sienten o que la han visto de cerca, evidenciando que la muerte no es mejor que la vida aunque es mas larga.

Las diferentes estratografías callejeras de la Santa Muerte, representando la percepción trágica de la vida, sirven para homeopatizar la dualidad del límite de la vida con la eternidad de la muerte. Cuya lógica de resistencia informal forma parte de un sincretismo devocional santificado a lo largo de la etapa colonial, independentista, revolucionaria, industrial y neoliberal. Y esta forma de relacionarse con la muerte funciona entre el mestizaje para homeopatizar el sufrimiento, la crueldad, la injusticia y la desigualdad social que padece la barriada. Cuya actitud creadora descansa en la constante saborización del bien y del mal, de la vida y de la muerte, de la felicidad y la desdicha.

La crisis ha incrementado el nomadismo urbano, cuya revuelta silenciosa y ruidosa gruñe, en una subversión posmoderna cuya efervescencia expresan las nuevas tribus y legiones. Y como no faltan los abogados de un Dios bienhechor con distintos nombres –Estado, Instituciones, Iglesia, Contrato, Universidad, Medios- que junto con representantes de distintos conformismos de pensamiento, no han podido acometer ni someter la parte de sombra que cubre nuestro mundo, cuyo misterio es precisamente lo que une a los que comparten la sinergia del mismo tonal protector.

Lo cual está revalorando el fuego que acendra la sabiduría de las devociones populares, como esta que se da en las calles del obstinado barrio de Tepito. Cuya sed de infinito es vivir más de una vida integrando los desafíos del riesgo e incluso de la muerte asumida como una vida ardiente mucho más excepcional y vitalista de lo que se cree. Donde la doble vida de lo cotidiano se funda esencialmente en tácticas de astucia que abundan en la práctica de transgresiones que abonan finamente su función fecundante.

 “Todo el que define a los períodos de crisis (...) como una temporaria sustitución del orden por el desorden, de la cultura por la naturaleza, del cosmos por el caos, de la eunomia por la anomia, define implícitamente a los períodos de luto y sus manifestaciones” (Versnel, 1980).

En un amplio estudio publicado en 1980, Versnel intentó señalar una analogía entre la fenomenalogía del luto y las actitudes frente a la muerte –testimoniada en las áreas más diversas de los materiales antropológicos- y los períodos de crisis política y religiosa, en los cuales las reglas y las instituciones parecen disolverse de manera paulatina o repentina.

Así como en los períodos de anomia y de crisis se asiste a un colapso de las estructuras sociales que puede llevar hasta la completa inversión de los hábitos y de los comportamientos culturalmente condicionados, asimismo los períodos de luto en torno a la muerte se caracterizan generalmente por una suspensión y una alteración de todas las relaciones sociales.

Luego entonces, pareciera que todas las sociedades han sido edificadas a partir del caos, en una constante posibilidad del terror anómico que se actualiza cada vez que se derrumban o que son amenazadas las legitimaciones que recubren la precariedad de lo tremendum y lo numinosum de la teología. Que ha dejado de orientar la comprensión de lo que es la muerte, propiciando que afloren los efectos y los miedos más oscuros en la psicología de las devociones populares, manifestando el estado de necesidad de un nuevo elemento místico o de otro maná para solventar la crisis

Los sentimientos de dolor y de desorientación ante la muerte, cuya expresión individual y colectiva  no se reducen a una cultura particular o a un determinado modelo cultural. Son rasgos intrínsecos de la humanidad y de la condición humana que encuentran expresión sobre todo en las situaciones marginales o liminares.

Para muchos, la precariedad de la vida es como una muerte en vida o un suicidio anómico que se encara en la devoción a la Santa Muerte quien funge como regulador de sus actividades y sus pasiones, asumiendo un luto público escenografiado y dramatizado para proclamar el institium de una catástrofe existencial en la cual todos están voluntariamente o no, implicados. Lo cual vislumbran quienes viven o sienten estar viviendo en un estado de excepción, establecido entre un afuera y un adentro de la ley, cuyo periodo de anomia quiebra y subvierte el orden social.

México ha gozado la fama de ser un país mágico. Y Tepito, la fama de ser un barrio macabrón, ambos enriquecidos por su pasado prehispánico y su componente mestizo, con secretos insospechados y dignos del descubrimiento del espíritu creador que medita en su inframundo.

México y Tepito, además de  tener pareadas sus tres vocales, no tienen el locativo toponímico an, que identifica el lugar exacto de su territorio donde lo profano y lo sagrado conviven con la excelsitud de otros lugares que gozan de fama mística.

Aquí en México, la santidad como tierra, como espacio sacro, le viene del aliento de su solar nativo, de la religiosidad barroca y del ánimo popular, de sus símbolos ancestrales, de sus peregrinaciones, y de sus viejas cruces compartiendo el cielo con los papalotes.

México y Tepito son tierra donde duermen los viejos dioses, terribles o tiernos, sanguinarios como los sacrificios o dulces como los cánticos en lenguas indígenas. Y siendo así, son tierra asfaltada donde subsiste el misterio, y es un  algo más que persiste indefectible, lo mismo en lo profano que en lo sagrado. Pues lo santo, lo místico, lo misterioso, están inmersos en el ambiente típico de lo mexicano.

Tzompantli barrial

México y Tepito son lugares donde la muerte redime porque lo verdaderamente religioso es concederle esa esperanza a la muerte, en un escenario adecuado para esta tragedia religiosa, como lo es la devoción callejera. Donde la inmensa mayoría de devotos de la Santa Muerte denotan que el corazón del mexicano asiste sin temor ante esta imagen sin infligirse mas castigo que la incomprensión de los católicos y los evangélicos. A quienes hay que recordarles que Ella es antes y después de la Era cristiana, porque Ella es siempre la misma Santa Muerte que muchos anhelan tener.

Por lo tanto, las reuniones y rezos de los devotos de la Santa Muerte en el nicho de Alfarería 12, se manifiestan en una zona en donde la máxima sujeción de la vida trastoca con libertad y licencia el umbral de la indiferencia de su entorno. Donde sus plegarias y el rezo del Santo Rosario, dramatizan la ambigüedad irreductible del carisma barrial que pone en juego la dialéctica contra el estigma delincuencial. Reproduciendo paródicamente la anomia a través de la cual la ley se aplica al caos y a la vida sólo al precio de convertirse ella misma, durante el estado de excepción, en vida y caos viviente. Donde la barriada de Tepito actúa como un contenedor mítico con alto contenido de realismo grotesco.

Contradictoriamente, quienes mucho se espantan con la devoción de esta imagen, conformada por huesos; son quienes, bajita la tenaza, son fanáticos de “la sin hueso”, popularmente conocida cómo “la verdolaga enmascarada”.

Y aunque todavía sin estrategia pastoral ni estructura topológica, sin aparente claridad en sus articulaciones ni objetivos; su exceso de significación y simbolismo resguardan la connotación devocional en Tepito, ante la portentosa Vida de la Muerte.

Los antropólogos, los sociólogos y, en general, todos aquellos que se dedican al estudio del hombre, la sociedad y la cultura, se han estado dando cuenta cada vez más claramente de la importancia de lo que produce socialmente Tepito y todo lo que reproduce culturalmente este obstinado  barrio que no deja de seguir construyendo su adentro y reciclando su afuera.

Los estudios retrospectivos y longitudinales en Tepito no han conseguido llegar a una comprensión más profunda de su realidad barrial. Y otro tanto puede decirse de las investigaciones a individuos, familias, artesanos y comerciantes, dedicados a alburear, codificar ideogramas, y fabular mitos subliminalmente transgresores, para evidenciar que lo que sucede en este barrio no es coincidencia sino providencia, pues creyendo en Ella o no, aprendes a decidir por cuenta propia.

Los cambios importantes en la vida barrial son resultado de la llamada cultura de la pobreza, influida por los valores y las aspiraciones propias del vecindario con su burgo artesanal y el tianguis tradicional que desde siempre identifican a Tepito. Y como los pobres no tienen lugar en el Cielo, tienen que buscar la manera de sobrevivir en la Tierra. En un barrio donde las vecindades semejan el Paraíso, las calles el Purgatorio donde todo se paga. Y en las azoteas se puede aprender a volar papalotes y mamarle la miel a las estrellas o a quemarle las pezuñas al diablo.

Cuando se habla o se piensa en la Muerte, unos lo hacen con temor, otros con asombro, y la mayoría con incertidumbre. Y en la barriada, a sabiendas de que el esqueleto es solamente una casa cuya estructura sostiene al cuerpo y aloja el espíritu, hay quienes hasta buscan hacer de la muerte una maravillosa experiencia de vida. Ya que la muerte es cierta, impredecible, no perdona a nadie y es para siempre.

Es por ello que, cuando se alternan la fe y la duda, para los pobres la muerte representa un problema casi tan grande como vivir en los distintos y patéticos trabajos que tienen que desempeñar para sobrevivir con privaciones y traumas hasta que llega la muerte.

 Pues verdad de Dios, que la Vida y la Muerte son buenas, muy buenas comadres. Nomás que la Vida es la comadre rica y poderosa. Y cuando ya no quiere algo o alguien, se lo regala a su comadre pobrecita, a la comadrita jodida y muerta de hambre para que se lo lleve para su casa.

A sabiendas de que lo religioso permea cualquier realidad, y de que la religión es la más antropóloga de las antropologías, los tepiteños hemos aprendido a espectacularizar la representación de lo sagrado, refundando una devoción basada en la imagen de la muerte, significada como una más de las deidades de nuestra crisis existencial: La Malinche, La Guadalupe, La Llorona, La Santa Muerte.

En la devoción a la Santa Muerte hay dos conceptos de causalidad: -la suma de subjetividades prehispánicas; -y la lógica moderna, con la dinámica propia del fenómeno. Pues en el mundo de lo simbólico y significativo hay tantas causalidades como fenómenos.

El mito hace una interpretación de su propia religiosidad y de su polo autóctono con su demiurgo oculto. Donde el sincretismo y el mimetismo marcan la frontera para escrutar o asimilar. Cuya heterogeneidad y dinamismo definen la creatividad para construir su relación con lo sagrado.

En toda creencia religiosa y no religiosa, no importa tanto lo que se  dice o lo que se hace, sino en lo que se cree; pues lo importante no es que sea falso o verdadero en lo que se cree, sino creer y tener fe en ello.

Desde el ocaso prehispánico hasta el fin del periodo revolucionario del siglo XX. Y a pesar de las industrias que fomentan la cultura del esoterismo comercial, hay que aprender a hacer diferentes lecturas de una misma realidad, pues las identidades de base, perviven con raíces flexibles que todavía no han sido rotas. Algunos perciben un desmoronamiento estructural de la religiosidad popular. Pero, ¿Dónde estamos? ¿Es el fin de un proceso o un camino hacia donde? ¿O será acaso que este problema no ha llegado a su término?

Los correlatos psicológicos en torno a lo anterior tienen como derivaciones: -las creencias y delirios de la fe, -la ansiedad de saberse pecador, -la angustia de la culpa, -el desahogo y la catarsis en busca de la redención, -el sentido de pertenencia por la comunión, -el retiro del sentido de pertenencia por la excomunión, -el equilibrio emocional derivado de la oración, -y la confirmación por la costumbre. Todo para hacernos más culposos, pero, sin responsabilidad histórica, pues “el Cristo ya dio su sangre para redimirnos”.

Entre el catolicismo de España y el evangelismo de USA, lo indígena y lo mestizo son una identidad suspendida en el tiempo. Es por ello que, al patriarcado externo se le respeta y teme; y al matriarcado interno se le venera y obedece. La tendencia de lo sagrado objetivo es cosificar. Y la de lo sagrado difuso es el neomisticismo con pluralismo de visiones contrarias a la privatización de las asociaciones religiosas reconocidas oficialmente.

La historia de las mentalidades incluye una reflexión psicológica centrada en los sentimientos y la piedad del individuo, donde su amor y miedos son el punto de encuentro entre lo individual y lo colectivo. La historia de los sistemas de creencias registra la relación entre lo social y lo divino, y entre las actitudes religiosas y las realidades sociales.

La historia de lo cultural retoma la antropología histórica y lingüística, para fechar la historia del acontecimiento en el imaginario del tiempo largo. Pues el anclaje del tiempo largo tiene menos peso en la historia de lo social, relacionado con el espacio-tiempo, clasificando sobrevivencias ancestrales como prácticas rituales parasitarias.

La lógica teológica popular sigue confrontada con la jerarquía oficial desvinculada de la realidad y de la pobreza. Por ello, lo popular crea  sus propios significados devocionales en una dinámica generadora de su propia cultura organizacional operativa e inspiradora de diferencias entre esencias y pertenencias, urgencias y demandas.

Desontologizar lo sagrado implica confrontar el lenguaje clásico de la piedad popular con la piedad cristiana, abstrayendo lo relativo de lo absoluto. La nueva colonización pentecostal del imaginario católico, contiene una teología bíblica traducida e interpretada como una inteligencia sintética cual si fuera la única palabra de dios en todas sus formas. Codificando las citas bíblicas como telefonemas: Hechos 12-5.

La palabra revelada rememora la esclavitud en Egipto y recrea la nueva condición de esclavos del pecado. Por lo que, para ser siervo de dios hay que ser obediente y aceptar el plan de dios: Ap. 3-14.16; construyendo una comunidad moral transnacional con iluminación auditiva: -me está hablando dios, -anoche dios me dijo..., etc. Pocos cristianos sincréticos parafrasean a San Pablo “se debe tolerar lo que no se puede modificar”.

El hombre y su relación con dios, y en su relación consigo mismo, es un proceso psíquico de quien lo practica y con quien lo practica; en un proceso de individualización como diferenciación. Hasta encontrar su razón y su significado, donde lo subjetivo encuentra su discurso conceptual y lo doctrinario encuentra su práctica ritual. La experiencia de dios en y desde el reverso de la historia, tiene tres manifestaciones básicas: -oral, para dominar; -anal, para mostrar poder; -genital, para procrear adeptos.

La unión de los contrarios conjuga la fascinación de los opuestos: virgen-luna / 12 tribus-12 caminos luminosos / dragón-serpiente. La imagen  representa lo que divide, y el símbolo representa lo que une. Y como todo lo sagrado es terapéutico (Jung) el símbolo no es ambiguo sino multivalente, y aunque el símbolo es uno cada quien lo interpreta diferente.

No hay que confundir lo espiritual con el espiritismo, ni el monoteísmo con el monismo de las imágenes, ni el rito sagrado con el ritual social. Porque la crisis misma permite la pervivencia y la retroalimentación devocional popular, trastocando la identidad del territorio religioso y de la vida cotidiana que construye socialmente su propia esperanza.

Entre los devotos de la Santa Muerte no hay teología, pero, si hay creencias, que le dan respuesta a sus preguntas. La virgen de Guadalupe sigue haciendo milagros, y la de los paros es esa Niña Blanca que visitan en su nicho de Alfarería 12, en Tepito. Doña Queta, la guardiana de este nicho, no es tanatóloga, pero tiene el conocimiento de la Universidad de la Calle, que ha hecho de ella un árbol de vida, cuyo matriarcado suma: 7 hijos, 57 nietos y 17 bisnietos.

El gran mérito de Doña Queta es haber hecho pública la imagen de su devoción mostrándola en un nicho de la Calle de Alfarería para consuelo de quienes acuden a pedir sus favores.

Quetita no pretende explicar o definir esta devoción, es por ello que cuando se le pregunta cómo o que hacer siempre contesta: -Haz,  lo que te nazca mi´jita..

Lo cual ha dado origen al intercambio de testimonios y dones que van relacionando la vida a través de la muerte como una ferviente devoción familiar a prueba de todo.

Hay quienes tratan de banalizar o desacralizar esta devoción etiquetándola como un realismo grotesco propio de quienes viven al filo de la navaja. Y que cuando el barrio guarda silencio, para encender una veladora o para rezarle, cada día primero de mes, un rosario comunitario a la Santa Muerte. A quien consideran un dignatario de respeto, particularmente entre quienes la sienten presente, por quienes la han visto de cerca, o por quienes saben de Ella, sin siquiera haberse topado con Ella.

Centro de Estudios Tepiteños de la Ciudad de México
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