CULTOS Y CREENCIAS
Irse Para el Otro Barrio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Detalle foto
Autor: Alfonso Hdz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Detalle foto
Autor: Alfonso Hdz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Santa Muerte/ Detalle foto
Autor: Alfonso Hdz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Celebración en Tepito / Detalle foto
Autor: Alfonso Hdz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Altar de Muertos / Detalle foto
Autor: Alfonso Hdz.

 

 

El culto a la Santa Muerte en Tepito y anexas

Autor: Alfonso Hernández

En la historia de la ciudad, Tepito es un barrio que lo ha sido todo: modesto barrio Indígena, miserable enclave Colonial, arrabal de la Ciudad de los Palacios, y abrevadero cultural de los Chilangos.

Entre las calles de esta segunda naturaleza llamada ciudad de México, pervive un obstinado barrio, antiguo y rizomático, sin tregua en la lucha, y sin reposo en la macabrona sobrevivencia urbana, donde la vida tiene su atractivo y la muerte guarda su encanto.

Tepito, continúa siendo un reducto de sabiduría barrial, cuya realidad está preñada de testimonios históricos y contenidos antropológicos inéditos, donde su desbordante cotidianidad recicla con fuerza y bravura su resistencia comunitaria, en una defensa sacralizada de sus devociones más íntimas.

Tepito es también un barrio cuyo santuario devocional permanece incomprendido, debido a que su vida cotidiana pertenece a la esfera particular del llamado realismo grotesco. Que no se excluye a sí mismo del mundo en evolución. Pues también él se siente incompleto, también él renace y se renueva con la muerte; y crea sus propios mitos y recicla tabúes que mantiene vigentes y sin restricciones en la universalidad de su entorno barrial a tan solo ocho calles del Centro Histórico de la ciudad capital.

En barrios como Tepito, la Santa Muerte está interactuando como un catalizador devocional en tiempos de crisis. En medio de un sincretismo emulante, que no hace mucho tenía en los altares y en el santoral católico a Santa Marta. Por lo cual, la voz popular del barrio etiqueta chido el entorno de su culto y el contexto de sus devociones. Pues más allá de los símbolos y de los deseos, de los motivos y de las motivaciones, en el terreno de los sentimientos, no habita la razón, ni otro motivo alguno, sino que prevalece la lógica de lo inesperado.

El tepiteño interpreta la lucha de la vida contra la muerte, siguiendo el actuar del ñero de coraza, significado como el sujeto de la experiencia, quien recrea la lucha (máscara contra cabellera) de la vieja vida recalcitrante contra la nueva vida renaciente, como una crisis más de relevo. Donde el realismo grotesco manifiesta que no le tiene temor a la muerte, sino a la vida, ante la que hay que estar siempre al tiro.

En un barrio tan popular como Tepito, es permitido salirse de los moldes convencionales, liberándose de los dogmas y las reglas, reemplazando los convencionalismos corrientes por otros más variados, festivos y realistas. Donde la imagen de la Santa Muerte es profundamente activa y triunfante, pues fundamenta el fin material de las cosas, mezcladas orgánicamente a la idea de una verdad, libre y lúcida, que no conoce el temor ni la piedad. Ya que la sabiduría popular está imbuida de la idea del tiempo dichoso, que se encamina hacia un porvenir mejor, destinado a cambiar e ir renovando todo a su paso.

Y hoy que en el barrio de Tepito, los laberintos son como un Infierno sin demonios, y las calles son un Purgatorio donde todo se paga, y las azoteas son el Cielo y los zaguanes el Limbo, este obstinado “barrio de las almas perdidas” tiene en la Santa Muerte, quien lo ayude, lo cuide, y lo proteja.

Establecimiento y adopción de la Santa Muerte, como culto familiar

El vacío dejado por La Llorona, nuestro fantasma nacional por excelencia, lo ha venido a llenar la Santa Muerte, que se ha convertido en la “Señora de los Tepitos” de la ciudad y del país, pues si a lo largo de su historia, Tepito no ha sido un barrio modelo, pues siempre lo han mantenido inmerso en la tragedia, Tepito sí es un barrio ejemplar, cuya fuerza, bravura y resistencia alienta este culto cuya milagrería social es lo único que le da confianza a los desprotegidos.

En las celdas de las prisiones y en las casas de los familiares de los presos, se encomendaban a la Santa Muerte, como medida de protección ante el inminente peligro de morir a la mala. Y esa devoción soterrada fue haciéndose pública tan luego como la crisis acrecentó la marginalidad y la violencia, cuyo desborde ahora tiene santuarios de impunidad del crimen organizado y del narcotráfico.

La ambivalencia de esta devoción funciona para quienes se quieren proteger de actuar fuera de la Ley. Narcotraficantes, contrabandistas, plagiarios, sicarios, y simples ladrones, buscan darse valor y sortear sus fechorías con acciones de alto riesgo personal y social. Pero dicho culto a la Santa Muerte se ha extendido también a los jóvenes y niños, comerciantes, madres solteras, y personas de la tercera edad, convirtiéndose en una devoción pública y familiar.

Se trata de un culto marginal y contestatario, cuya devoción es una búsqueda para encontrarle sentido al vivir como se vive, en esta ciudad caótica y en este país en crisis.

Identificar la Vida con una imagen de la Muerte, permite convocar a una fuerza sobrenatural, que está por encima del caos social y la crisis económica. Por ello, la Santa Muerte se ha convertido en una imagen de culto familiar, venerada en cuerpo, alma y espíritu por quienes están fuera del sistema oficial y en peligro constante por la pobreza e inseguridad galopantes.

El culto y las celebraciones religiosas han querido sustituir a las festividades profanas, convirtiéndose en un Censor que fomenta el temor a lo sagrado, la prohibición autorizada y el miedo anclado al espíritu humano.

Para tratar de comprender el culto a la Santa Muerte en Tepito, se debe partir desde un punto de vista nuevo, pues no se le puede abordar como una devoción sombría, sino como una alegre dramatización, en cuya dirección, La Muerte representa una de las deidades de la crisis. Y si su imagen ya está presente en los hogares, es porque cada altar familiar representa la fe, los miedos o la esperanza de sus devotos.
Las creencias y los prejuicios religiosos están pasando otra prueba frente a las escorias y los sedimentos de las nuevas experiencias e ideas de cada barrio popular, donde el lenguaje iconográfico de las imágenes devocionales se está refinando y adquiriendo nuevos matices.

En tales circunstancias, la Santa Muerte se está convirtiendo en una imagen poderosa para el dominio artístico de la realidad, ya que sirve de base a un realismo verdaderamente amplio y profundo. Pues esta imagen ayuda a captar la realidad no en forma hueca y desprovista de sentido; sino en un proceso evolutivo orientado contra el culto religioso dominante. Pues es allí de donde proviene el universalismo profundo y el optimismo lúcido del sistema de imágenes de esta resurgente devoción popular. Con la cual se están acortando las distancias jerárquicas entre las cosas y los valores, conflictuando o mezclándose libremente lo profano y lo sagrado, lo superior y lo inferior, lo espiritual y lo material; sin que los devotos perciban grandes diferencias entre ambos términos.

Vínculos y contextos entre La Vida y la Muerte
quienes son buenas, muy buenas comadres

Desde el origen de los tiempos, nuestros antepasados veneraban a sus muertos guardando los huesos de su cuerpo para mantener vivo su recuerdo. Aprendiendo también a reverenciar los huesos sagrados de la Madre Tierra simbolizados en largas rocas que sobresalían en el campo.

Los cuatro méxicos ancestrales: Nahoa, Maya, Olmeca, y Chichimeca. Y los cinco siglos del México: prehispánico, virreinal, criollo, liberal y moderno, no han borrado la esencia que se busca y que se ofrenda a sí misma, en el culto soterrado a una imagen polimorfa y sonriente, que no pertenece a una época fija, pues siempre nos recuerda que la vida es breve y la muerte duradera.

Nuestra mismidad simbólica es un proceso histórico que nos mantiene unidos a pesar de tantas costuras y remiendos religiosos, pues en el filo de la obsidiana ritual y antes que la Historia de la salvación del mundo mexicano por el milagro de la Mujer -Virgen –Tonantzin – Guadalupe; Mictlantecutli y Mictlantezihuatl ya eran la dualidad que dominaba el inframundo Azteca.

Atravesando todas las culturas y las épocas históricas, consagrando en la Muerte el destino final de la Vida, la lectura del hecho guadalupano es la de un milagro devocional, frente al continuo culto tradicional a la muerte.

La Virgen de Guadalupe continúa haciendo milagros, mientras que la Santa Muerte sólo hace paros y favores insospechados.

Es por ello que, no es casual que en un barrio central de la ciudad de México, se encuentre el más concurrido santuario devocional de la Santa Muerte, en Alfarería número 12, sobre la misma calle, atrás de la célebre vecindad donde vivieron Los hijos de Sánchez.

Doña Enriqueta y la difusión del culto de la Santa Muerte

En la acera de la Calle de Alfarería se encuentra instalado uno de los altares dedicados a la Santa Muerte, más conocidos de todo México. Allí, doña Enriqueta Romero es la guardiana del culto devocional a La Niña Blanca o La Flaca, que es como le suelen llamar los niños. Donde cada día primero de mes se congregan cientos de devotos para rezarle un Rosario comunitario, haciendo en cada Misterio las peticiones particulares por todos los presentes, sus familiares, sus enfermos, sus presos, sus amigos, por los moribundos, los desempleados, y entre otros muchos, por quienes no pudieron asistir esa tarde o algún otro día de la semana.

Lo notable de cada devoto es que porta una o varias imágenes, cada cual vestida con el color afín a la petición que hace o a la necesidad que tiene. Dejándose ver un peregrinar de innumerables personas con imágenes de todos los colores y tamaños, en torno a la imagen principal que preside el rezo del Santo Rosario, que concluye con una oración comunitaria en la que todos se toman de las manos.

Los niños también lucen sus imágenes y ofrendan dulces y juguetes sencillos. Los jóvenes le depositan flores o manzanas. Y los adultos le obsequian dinero, licores, cigarrillos y puros, arreglos florales, música interpretada por mariachis, alhajas y veladoras.

Al final del Santo Rosario todos los devotos muestran su agradecimiento, obsequiando réplicas de la Santa Muerte, flores y manzanas, relicarios y oraciones, ya que todo lo regalado allí, vale más que lo comprado en otros lugares.

Cada mes, doña Quetita también se encarga de cambiarle un vestido nuevo, que puede ser de cualquier color, menos negro. Y en noviembre se le viste de tul blanco cual si fuera una novia. Y la lista nominal de donantes de los vestidos, abarca hasta 24 meses de espera.

Construcción de una nueva forma devocional y de culto emergente

Lo que la filosofía identifica como pesimismo, en el barrio se significa como realismo. Donde los enigmas de esta devoción están a la vista de quienes osen descifrar su iconografía, que muchos etiquetan de patética y fanática, pero, que por virtud de otra óptica dialéctica se percibe como impenetrable o permeada marginalmente entre quienes viven en la cuerda floja y al filo de la navaja.

En otros lugares de este culto, se aprecia un nivel devocional marcadamente utilitario, comandado por “sacerdotes” cuya constitución como Asociación Religiosa (A. R.) les autoriza la celebración de misas e impartición de bendiciones por parte de su obispo y diáconos, quienes están sembrando imágenes en lugares donde asignan un custodio del nicho y de las limosnas que se capten.

En este tiempo, donde el protestantismo evangélico predica con una amplia cobertura sociocultural en todo México; la teología de la prosperidad y la economía de la salvación; La Muerte se ha convertido en un artículo más de consumo, con el que sus devotos protegen la propiedad de su remedio para curar el miedo. En cuyo contexto, los barrios como Tepito son reductos de los símbolos matrios y de los mitos patrios, donde el caos, la crisis y el infierno no son ajenos, pues siempre han estado viviendo en ellos y aprendiendo a sacar provecho de ellos.

Así como el Estado mexicano articula conurbaciones funcionales y regiones culturales oficiales, la Iglesia implementa los santuarios devocionales y en consecuencia sus imágenes de culto masivo, y tales jurisdicciones operan como espacios de poder y de control frente a una realidad social indiferente e indomable pues tiene su propio brasero y crisol existencial.

Como telón de fondo, algunos investigadores, etiquetan este culto como una obscenidad escatológica, propia de los tiempos modernos; sin considerar que forma parte orgánica del mundo amplio y complejo donde ya es una más de tantas devociones populares. Y hasta la fecha, todas las principales facetas de este culto a la Santa Muerte en Tepito y anexas, se articulan o se confrontan básicamente en seis escenarios:

PRIMERO.- La Iglesia católica oficial niega el culto: En la Catedral metropolitana, al pie de la milagrosa imagen del Señor del Veneno, se colocó un letrero donde se pide a los católicos que ya no practiquen cultos paganos. Y que se reconcilien con la Santa Iglesia Católica, depositando a los pies de Cristo, las imágenes, las veladores, las flores y las demás ofrendas que le hacen a la Santa Muerte.

SEGUNDO.- La Iglesia católica tradicional retoma el culto: El obispo David Romo, sobrepuso al nombre de su Asociación Religiosa, el de “Santuario Nacional de la Santa Muerte MEX-USA”. Y constantemente hace declaraciones que entran en conflicto con la jerarquía católica oficial, habiendo llegado inclusive a excomulgar al Papa y al Obispo de México. Este santuario se encuentra en la calle de Bravo y San Antonio Tomatlán, cerca de los barrios de Mixcalco y de La Merced. Y predica contra el santuario de Tepito, descalificando las actividades y oraciones que allí se realizan. Y tan se puso en contra de todos, que Gobernación recientemente le canceló su registro como A. R., por contravenir doctrina y haberse desviado de su objetivo pastoral.

TERCERO.- Los escritores e intelectuales recrean el culto: El escritor Homero Aridjis, quien con su reciente novela titulada La Santa Muerte, cuya narrativa chafona se plagia el seudo lenguaje de los devotos, estereotipando y pervirtiendo este culto, identificándolo como propio de narcotraficantes y secuestradores, prostitutas y delincuentes, y de todo tipo de transgresores de la ley, sin considerar toda la gama de devotos que nada tienen que ver con esas actividades.

CUARTO.- Se comercializan todas las facetas del culto: En el conocido Mercado de Sonora, cercano al de La Merced, donde rifa el más lucrativo fetichismo de la mercancía, exhiben y venden toda clase de imágenes y de artículos propios para hacer o quitar hechizos, hacer limpias o conjuros blancos y negros, quitar o hacer maleficios. E inclusive existe un local atendido por quien se dice Hija de la Santa Muerte.

QUINTO.- Los investigadores niegan que se trate de un culto ancestral: Dentro del marco académico, el INAH tiene un área de estudio en torno a la muerte. Pero, sus antropólogas insisten en que esta devoción nada tiene que ver con el culto prehispánico a los muertos, ya que durante la Conquista de México, fueron masacrados todos los indígenas y sacerdotes, borrándose todo vestigio de algún rito ancestral en torno a la muerte. Pero, se fascinan ante tal sincretismo devocional.

Sin embargo, han encontrado testimonios documentales de que durante el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas, políticos anticlericales tuvieron su anuencia para retomar y configurar este culto y difundirlo popularmente, para con ello mermar el control del clero y el avance de los grupos evangélicos.

SEXTO.- Los devotos promueven la difusión del culto: La devoción callejera ya está más allá del control ritual oficial, pues se trata de conglomerados urbanos que han dejado de creer en la iglesia, en los ministros, en los dirigentes de los partidos políticos, en los gobernantes y en toda autoridad. Pues pareciera que da lo mismo la imagen, con tal de creer en algo, que a unos les funciona, mientras que a otros les espanta la portentosa vida de la muerte.
A manera de conclusiones

Derivada de la pérdida de espacios vitales, la creciente hibridez urbana ha socavado los puntos de encuentro y de referencia cultural popular. Cuyo vacío fue llenado con un sembrado de nichos guadalupanos en las calles o con otras devociones y actividades demandantes de protección insospechada. Y de cara a una realidad que rebasa en mucho lo que se puede decir o escribir de este culto, no pretendo elucubrar lo que sienten o lo que quieren encontrar los devotos de la Santa Muerte.

La mercadotecnia y la política quieren vender la idea de que para poder estar en su paraíso, no es necesario pagar el costo del ayuno consumista ni tener que padecer la muerte del libre mercado. Pues la geopolítica del poder ha hecho de la violencia un artículo más de consumo para administrar el miedo y fracturar a las instituciones que dan o que procuran certidumbre.

Cuando el crimen organizado y el narcotráfico feudalizaron la impunidad, se rompieron todas las cadenas de lealtad comunitaria. Por ello, algunas calles y vecindades del barrio de Tepito produjeron una generación de jóvenes convertidos en carne de presidio. Donde justamente afloran los remedios para controlar el miedo y resolver la crisis entre lo religioso y lo esotérico.

Tepito se caracteriza por preservar sus propias formas de trabajo y vida con las que recrea el mito del barrio bravo y el mitote del barrio desbordado más allá de sus límites geográficos. Donde cada día se reconstruye el adentro y el afuera de su identidad barrial con la que recicla consciencias e inconsciencias chilangas que se desbordan por sus excesos.

Lo cual reafirma a Tepito como una matrilocalidad prodigiosa que funciona como punto de contacto entre personas de diferentes contextos sociales que hacen de Tepito su punto de encuentro devocional desbordado rizomáticamente. Mientras tanto, algunos devotos diariamente encienden la chispa que ilumina la idea de que ni los vivos ni los muertos estarán a salvo del enemigo, si este vence.