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Tepito: ese barrio Chicuarote
Por Alfonso Hernández H.
Tepito es un Barrio chico con Patrimonio grande. Y su sombra es la resultante de una iluminación profana que brilla permanentemente sobre nuestro pedazo de cielo. Pues Tepito pertenece a esa vieja escuela del verbo y el albur finos, donde no vale tanto lo que se dice como lo que se sabe y donde no tiene precio lo que se sospecha como lo que solito se alburea y se balconea.

Entre los tepiteños, la memoria barrial es una facultad mental con función de futuro. Es por ello que, Acá, perder la memoria es cómo perder la sombra, pues en esta ciudad, un Barrio sin sombra pierde el Respeto de la buena gente. En Tepito, la Cultura local se defiende sola, porque si nos dejáramos quitar nuestra Cultura y su Lenguaje Barrial, estaríamos perdiendo lo último que nos queda: la identidad que nos hace ser como somos.
¡Tepito
es un fusil de alto poder, diseñado contra el caos patológico
de la legalidad! Y donde el que forja y no atiza, ni la ceniza le toca.
Tepito es semejante al Chicuarote: una rarísima variedad de chile de árbol, de poco consumo, porque al masticarse es más correoso que una charamusca. Además, cuando germina su núcleo rizomático dominante, recicla el núcleo residual y revitaliza el núcleo emergente, ese que se hereda o se transmite mentalmente con el Ejemplo del abuelo y la Educación de la abuela (pues los padres brillan por su ausencia). Acá, donde a partir del momento en que se tienen peleas en la Coliseo, se la tiene uno que aprender a rifar con todo y contra todos en este barrio macabrón.
Nacidos y arrebujados en cuartuchos de vecindad, malcriados, como todos los niños de Barrio, entre la teta y el moco, las lágrimas y la caca, los besos y los coscorrones, las caricias y los pellizcos, Nacimos enojados y Crecimos encabronados, sin revelaciones, sueños ni señales; sin pronósticos astrales ni confirmaciones sociales de lo que habríamos de ser y de hacer en la vida. Por ello no tenemos tiempo para Vivir los dramas de la existencia, que están determinados por el engranaje de la sociedad dominante, y tenemos tanta inclinación a la Libertad de Improvisar y Reciclar informalmente todo aquello que mejor satisfaga cualesquiera de nuestros antojos existenciales.
En
los tiempos del Tepito fayuquero, nadie necesitaba ser ratero
y todos aprendimos a respetar lo que en el Barrio se respeta.
A
las autoridades les preocupa el origen de Tepito y el destino manifiesto de
los tepiteños. Pues, Acá, los hombres parecemos ser descendientes
directos de Caín, ese antepasado de los desheredados y fundador de
la raza proletaria, y quien instituyó en Tepito el primer Taller Literario
de Argot, donde los gandules y holgazanes comenzaron a aprender la Metafísica
del razonamiento rebelde y lo relacionado a los secretos del cuerpo humano
con todas sus válvulas, flujos, mecanismos, química y órganos
de los que la ciencia barrial ha copiado todo para forjar el burgo artesanal
y comercial más concurrido, y tecnificado de la ciudad. Y que si no
es un barrio modelo, sí ha sido un barrio ejemplar en su sobrevivencia.
Y cuando los procesos industriales comenzaron a darle a los desperdicios un
cierto valor, otra vez aparecimos los tepiteños trabajando como representantes
de nuestra propia fábrica social e intermediarios de una industria
casera que rola sus mercancías en todo Tepito y anexas. Desde entonces,
la función urbana del Barrio continúa siendo fascinante. Con
la mirada atenta de los investigadores del pauperismo urbano, quienes continúan
pendientes de nosotros y seducidos por una sesuda cuestión académica:
¿Cuánto tiempo más, Tepito continuará siendo el
Barrio-bisagra del Centro Histórico?
El censo ancestral constata que las primeras mujeres de Tepito son descendientes directas del clan de Lilith, esa mítica mujer anterior a Eva y fundadora del matriarcado como sistema de control familiar y económico, muy contrario al mando autoritario del patriarca.
Aunque
pedo y dormido se olvida lo jodido, ¡Los Ñeros de coraza,
preferimos ser Tepiteños Anónimos, que delincuentes famosos!
Todo este rollo, no es choro, ni cantos de cisne del Mar Muerto. Así que, si son Adivinos, adivinen; o si son Aladinos, aladinen; pero, si son Barrio, nomás piquen, liquen y califiquen que no siempre revelamos porqué nos rebelamos, frente a todo aquello que no nos deja ser lo que somos, ni autoriza chambear libremente a nuestro sujeto de la experiencia barrial.
Al obstinado barrio de Tepito nos siguen llegando estudiantes de todas las carreras politécnicas y universitarias, que para corroborar nuestro aforismo de que: México ya es el Tepito del mundo y Tepito es la síntesis de lo mexicano. Y entonces, nos vienen a observar con lentes de culo de vaso barato, o queriendo descifrar el hardware de nuestro disco duro, de roer, al que todavía no lo desgracia el virus anti-barrio.
Otros estudiantes dizque de buenotas familias, buscan aprender albures con don Agapito o tomar una clase de morbo con La Coscolina. Algunos se aventuran al Bazar de las ganas, para adquirir yombinas, tinta china, popers, pomadas chafas, un armaño inflable o un berbiquín sentimental del tamaño 69.G; o preguntan cuánto cuesta una grapa, un bazucazo, un toque, un arponazo, un putazo o por donde la rola el Chin-chin El Teporocho.
Los estudiantes de Ciencias políticas y sociales nos preguntan porqué les ganamos a los partidos, sin siquiera tocar el balón de la polaca y qué onda con los barcos de éste atracadero urbano donde se resguardan las naves y las mercancías piratas. Los de Artes gráficas quieren saber quién pinta y colorea el lenguaje plástico de los muros y a qué horas el viento suave, cabrón y devastador afina la textura de las vecindades.
A los de las demás licenciaturas, les sorprende es que un solo personaje de Tepito: El chico temido de la vecindad, además de traer siempre en chinga a su Ángel de la Guarda, todavía se dé tiempo de poner en jaque a las sacrosantas autoridades, y que con la otra mano le siga jalando al hilo de cáñamo de su papalote.
En Tepito, nadie inventa al barrio. El Barrio nos inventa a nosotros. Porque Tepito es una identidad que nos infiere y nos procrea, con la fuerza, la bravura y la resistencia suficientes para seguir trabajando y continuar luchando al amparo de nuestro destino.