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El nopal genealógico de Tepito
Por: Alfonso Hernández H.
Cronista y Hojalatero social
Los académicos y los políticos hablan de Tepito sólo cuando tiene tunas taponas. Y es que el nopal genealógico de Tepito, lo hace padre de muchas actitudes, y madre de muchas expresiones culturales que rolan por la ciudad.
Salvador Novo, Oscar Lewis, Chava Flores, Roberto Gavaldón, cronicaron el acontecer de la ciudad. Novo se solazó recreando el acontecer de la clase pomadosa. Lewis mostró la cultura de la pobreza de las vecindades. Chava Flores se convirtió en el cronista musical de la barriada. Y Gavaldón utilizó el lenguaje cinematográfico para mostrar la fatalidad de la bonanza urbana. Con la que Mario Pani inició su proyectazo para erradicar la “herradura de tugurios”.
El México desarrollista sigue empeñando en hacer que la ciudad cambie de época, con un auge demográfico urbano de crecimiento oscuro y sin oportunidades. Dejando entrever los contrastes urbanos de la ciudad de antes, y las contradicciones de la ciudad de hoy.
Mientras que la ciudad crea un sistema que exalta el individualismo. El barrio forja un proceso comunitario germinal tipo nopalera, con tantas espinas como defensas necesita. Es por eso que el perfil humano de los barrios genera un alto comportamiento urbano, que se traduce en sus propias formas de trabajo y vida, en su estado de ánimo, en su manera de ser, y hasta en su estado mental, que nunca les van a poder expropiar.
Por eso, más allá de su escala urbana y de sus límites geográficos, el barrio se desborda en su deseo de ser ciudad. Trastocando el proceso de modernización, pero, sin perder su atavismo rural ni su tradición cultural; generando rizomáticamente el adentro y el afuera de su esencia barrial.
Aunque la primera periferia de la ciudad no estuvo sujeta a una normatividad urbana especulativa. Y la realidad social de los precaristas fue adecuando su derecho a la ciudad, esto fue reflejado en el cine de Roberto Gavaldón, con guiones de José Revueltas, describiendo los claroscuros de la vida cotidiana de antihéroes enfrentados a un sino fatal que termina por aplastarlos. Lo cual hace necesario repasar ese discurso cinematográfico para poder entender a la ciudad posmoderna, donde la “fatalidad” es suprimida por una supuesta “bonanza urbana” que nada tiene que ver con la calidad de vida del vecindario.
La primera periferia tuvo dos tipologías habitacionales: la unifamiliar, para las familias de alto pedorraje; y las vecindades, para el populacho, ese forjador de identidad y organización social, hacedor efectivo de la función social del barrio, cuya escala urbana surgió de su realidad social desbordada.
Aquí es preciso hacer una retrospectiva histórica de lo sucedido en la Nueva España, donde había tres tipos de fundación colonialista: la Misión, el Real de Minas, y el Real Presidio. Que traducidos al presente: las misiones son los templos, las minas son los comercios, y los presidios son los cuarteles de policía. Lo cual demuestra que alrededor de la llamada “ciudad de los palacios” se fue reproduciendo un esquema monopolizador de los espacios públicos y privados. Tan es así, que hasta el escudo heráldico de la ciudad ostenta más elementos hispanos que mexicanos.
La estructura fundacional de las ciudades y villas novohispanas, repercutió en sus periferias, donde la bonanza de los asentamientos requirió de tres organizaciones sociales institucionalizadas: 1. la organización eclesiástica, compuesta por las órdenes regulares y el clero secular; 2. la organización seglar civil, de la “república de españoles”, integrada por la iniciativa privada y las autoridades gubernamentales; 3. la organización indígena o “república de indios”. Fue así como la tradición urbana hispánica dominó todo el país con un entretejido espacial de control.
Consumada la Independencia de México, fue necesario voltear a los orígenes de la mexicanidad, retomando los elementos fundacionales de nuestra ciudad. Por lo cual es tan importante que, mas allá de los festejos del Bicentenario, los académicos y los políticos nacionalistas reencuentren la real y verdadera perspectiva histórica de los mexicanos-pueblo.
En su tiempo, y por encargo, Guillermo Bonfil Batalla escudriñó el México Profundo, elaborando los componentes de una identidad estratégica para el gobierno. Y hoy, cuando la banda de la colonia Martín Carrera necesita ir a Tepito, dice: -vamos a Texas. Significando con ello, todas las fronteras culturales que tienen que cruzar desde el cerro del Tepeyac al barrio de Tepito.
En vísperas de los festejos del Centenario de la Independencia, Porfirio Díaz dispuso que no se realizara más el Paseo del Pendón, el cual consistía en una procesión que partía del templo de San Hipólito al Salón de Cabildos del Ayuntamiento, donde se sacada el pendón que sería motivo de una misa solemne en ese templo, para luego pasearlo por la plaza mayor y devolverlo al Ayuntamiento.
Llamada originalmente la capilla de los mártires, por haber sido allí sepultados los soldados que murieron durante el Sitio de Tenochtitlan. En 1529, el Cabildo dispuso que San Hipólito fuese declarado el Patrono de la Ciudad, cuya fiesta patronal se celebra el 13 de agosto, justamente el día que se consumó la conquista de Tenochtitlan. Así eran las pachangas de entonces, que hoy conocemos como sociedad del espectáculo, con el que el pueblo deja de serlo para convertirse en público consumidor de sus eventos.
Hoy la primera y las tantas periferias de la ciudad están habitadas por tribus urbanas posmodernas. Y la teoría de la experiencia barrial, de la que se habla mucho y se sabe poco, estuvo vigente en El Chino de Barcelona, El Cartucho de Bogotá, y en el Guarataro de Maracaibo; en Venezuela. Y por eso a Tepito le tiran y le tiran, y nada que le atinan, pues mientras los chilangos se andan buscando a sí mismos, la barriada sigue siendo la misma de siempre.
Y si ahora el Ángel de la Independencia es utilizado como el emblema de la ciudad. El obstinado barrio de Tepito continúa siendo el símbolo de la raza.
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