DEL BARRIO DE LAS ALMAS PERDIDAS
HASTA EL BARRIO DE LOS ÁNGELES

 

En la colonia Guerrero se han llevado a cabo estudios antropológicos reveladores sobre el contorno social y los problemas emocionales de sus habitantes. El tiempo en que empiezan estos estudios son posteriores unos 10 años al del Padre Garcidueñas, pero no parecen cambiar esencialmente la imagen que le tocó ver a él, ni el terreno donde trabajó. Son muy parecidos a los de otras colonias circunvecinas por el elemento humano y por las características urbanas.

Revelan un mundo de violencia y de muerte, de sufrimientos y depravación, de familias desgarradas y de la crueldad del pobre para con el pobre. Sin embargo, revelan además de otro mundo de sentimientos y calor humano, de viril individualidad, de capacidad para la alegría, de esperanza en una vida mejor, de deseos e comprensión y amor, de disposición a compartir lo poquito que poseen, y de resolver con valentía los problemas que se presentan. Es el barrio de los Ángeles visto por sus vecinos, son sus palabras, sus descripciones, opiniones y juicios.

Ante todo, quedan en su memoria las convivencias de Navidad, Semana Santa, la Virgen de Guadalupe, el cumpleaños de Fulano, el bautizo de Mengano, los quinceaños, las bodas… No dejan de soslayarse las ideas religiosas en el claro obscuro de la ignorancia y superstición.

“A veces, dice una testigo, se ponían duros los pleitos y había problemas: los de la calle Estrella se madreaban a los de Sol, y los del Sol se vengaban en el bautizo de uno de los Mosqueta. Fulana de la Luna se metía con el marido de una de Lerdo, y ésta la armaba en los quinceaños de una prima. Y así a cada rato. Los pleitos se arreglaban a golpes, o como fuera, y otra vez borrón y cuenta nueva.” “Claro que a veces resultaba uno que otro muerto.””Cuando llegaba la policía buscando alguno, entonces todos nos uníamos.””Nadie se metía con uno de la Guerrero, porque no lo contaba dos veces.””Yo era la segunda mayor de la casa. Éramos 8 hermanos. Mauricio, el mayor, yo, y una bola de mocosos que no se cuando nacieron.””Había un mercado pequeñito en la calle Luna frente al parque de los Ángeles.””A un lado del mercado que le decían del Pato, estaba la tienda de los ferrocarriles, se llamaba Ferronales, vendían carne de caballo enlatada. Ahí no se pagaba con dinero, sino con pases. Lo que gastaban se lo descontaban del sueldo.””El barrio estaba lleno de ferrocarrileros, de inditas que venían a vender, y soldados rasos. A los del riel les decían los ‘Chorreados’, tenían muy mala fama. Me acuerdo muy bien porque mi madre no nos dejaba acercarnos a ellos; eran bien borrachotes y vividores. La mera verdad, mi abuelo fue ‘Chorreado’, y mi mamá le tenía harto coraje, quién sabe que le habrá hecho de pequeña. Dicen que mi abuelo andaba botando a sus hijos por dondequiera.””El Salón ‘Los Ángeles’ era de lo más concurrido… En la misma calle de Lerdo estaba la pulquería ‘El Infierno’. Los días de quincena y los fines de semana se llenaban de soldados. La mayoría era del campo y les gustaba mucho el pulque… Ellos no tenían sus viejas para que los fueran a sacar de las cantinas.

La calle de Lerdo era muy tranquila y sin tráfico. Frente a la iglesia, también abarcaba lo que ahora es la escuela, pasaba el tranvía Xochimilco.””La gente se iba a divertir a un teatro muy grandote y lleno de luces de colores, el ‘Tívoli’. Dicen que salían puras vedetes encueradas, y que los hombres se ponían como locos. Por eso a cada rato había pleitos entre los matrimonios. Cuando las broncas eran fuertes se descolgaba medio barrio a donde era el agarrón, y todos le entraban a las trompadas. Al final no se sabía ni quien había  comenzado el pleito.””Los ferrocarrileros me llamaban mucho la atención: conocían tierras lejanas y teníamos prohibido hablarles. Todos tenían más de una vieja y eran muy canijos… La calle del Órgano, que era de las mujeres del mundo, estaba llena de ‘Chorreados’, todos con su overol azul manchado de grasa, sus gorritas y sus cuerpos muy fornidos. A nosotras nos daba mucha curiosidad que iban a hacer y los espiábamos. Las mujeres se sentaban en las puertas de las vecindades esperando cliente, se vestían muy extravagantes y les hacían señas a los ‘Chorreados’ para que fueran con ellas. ¿Qué tienen esas viejas pintarrajeadas que no tengamos nosotras?, pensábamos y nos daba mucho coraje. Teniendo su señora y teniéndolo todo, preferían botarse su quincena ahí, que llevar al cine a su mujer. ¿Cómo le harían esas monas para tener tanto éxito?, decíamos. Cuando mi mamá se enteraba de que andábamos por ahí, nos pegaba en las piernas con el comal, decía que era por nuestro bien, para que no se nos fuera a pegar el mal. Luego nos mandaba a confesar con un padre muy regañón.””Desde que murió mi padre deje de ser feliz.””Mi madre enviudó a los 24 años, y sin haber trabajado jamás… La situación en mi casa se puso muy canija… Nomás de acordarme me duele la cabeza… Una noche a Mauricio le empezaron a salir chorros y chorros de sangre por la nariz. Por más recetas caseras que le aplicábamos, el derrame no paró. Al otro día amaneció muerto…Pienso que la muerte es algo natural. Uno come de la tierra; de ahí salen las verduras y se alimenta el ganado…Un día como quien dice, la tierra se cobra. Tenemos que regresarle todo lo que le hemos quitado, y ella nos come a nosotros.””Cuando murieron mi padre y mi abuelo fui a las misas y recé mucho rato. Cuando murió Mauricio, no.¿Por qué iba agradecerle a Dios una muerte tan injusta? Soy creyente, pero pienso que también Dios se puede equivocar.””Me casé con un ferrocarrilero; al principio me trato muy bien y me prometió de todo… Con tres hijos encima empezó a maltratarme y a ser desobligado…El día que menos se lo esperaba (ya lo había amenazado varias veces),lo  dejé…Gané el divorcio y me quedé  con todos mis hijos…Hasta la fecha soy lavandera, y de eso vivimos yo y mis hijos. La gente del barrio me conoce desde que empecé a lavar. Y por eso nunca me falta trabajo”.

“En los cuarentas… tendríamos de 20 a 25 años…Había que darle duro a la chamba. A esa edad anda uno de enamoradizo- dice otro testigo-, nomás al pendiente de la mujer…Así que además del gasto para la casa, se me iba todo en las muchachas… Con la chamba en el ferrocarril y las dobleteadas en la Consolidada, ahí la iba uno pasando.””Los días de quincena y a veces entre semana, antes y después del trabajo, no salíamos de la Guerrero y de los burdeles. Cabarets por todos lados: ‘El Atzimba’,’El Impala’, ‘El XXX’. Había para todos los gustos y a todos los precios…En la Guerrero nos conocíamos todos…De entonces es el dicho: Si de madrugada llegas a ver una persona en la Guerrero, de seguro es un borracho o un ferrocarrilero.””Yo no era de la Guerrero, pero ahí me pasaba todo el tiempo…Los de allí no andaban con rodeos. Si uno no les caía, no había salvación posible, era seguro que le aventaran la bronca, y como estaban en su barrio, las más de las veces salían ganando…””Me casé con una de la Guerrero. Ya que nos casamos, lo primero que hice fue llevármela de la Guerrero, con todo y que me mentaron la madre mis suegros…Nos vamos acabando junto con las bodegas y los carros…Andamos casi de milagro, como los carros que a la empresa nomás no le importa que rueden, aunque vayan todos sucios y sin luz, desbaratándose.”

Memorias de otra testigo: “Hasta los 14 años no conocí nada más fuera de la Guerrero. Vivía en una vecindad allá en Camelia. Aunque no era muy grande, tenía fama de ser de las más bravas. Chiquitos pero picosos nos decían. La puerta del zaguán era de madera vieja. Desde muy niña fui la encargada de abrirla muy de mañana y de cerrarla antes de las 11 de la noche. Por eso los vecinos me respetaban más, les convenía estar bien conmigo, y le tenían miedo a la palomilla. Al entrar lo primero que se veía eran los altares de la Virgen de Guadalupe y del Sagrado Corazón. A la primera la considerábamos la madre de México y la segunda era la patrona de la vecindad. Las teníamos alumbradas con luz especial, les poníamos veladoras de las buenas, esas que tardan harto en acabarse, y siempre tenían sus flores frescas, sobre todo crisantemos. Les daban mucha alegría a la vecindad… Entre todos cooperábamos para tener limpios y bien puestos los altares, y el día del Sagrado Corazón y la Virgen de Guadalupe se hacían fiestas. El mero día sonaban las campanas del templo desde la cinco de la mañana, y todos íbamos a la misa a dejar veladoras y ofrendas. En el parque que está frente al templo había música, y aunque las pandillas echábamos nuestro desmadre, había respeto. Después del templo, los más católicos, sobre todo las señoras más grandes, se iban con el padre a la Villa.”

“Después de los altares, había un pasillo de tierra, largo, largo, y unas 25 viviendas a los lados. La nuestra era la tercera. Muy pocas tenían puertas. Se utilizaban corinas hasta el suelo y trancas de madera. Luego venía un patio, donde estaban los baños comunes, y a la vuelta otra vez un pasillo de tierra y viviendas junto. Daba hasta la otra calle. En la azotea estaban los tendederos y algunos lavaderos. Como no ran suficientes para todas, empezaban los pleitos: Déjame colgar mi ropa, a ti te tocó ayer. No seas canija. Por qué te voy a dejar, si no sabes ni lavar, vieja mensa. A veces a algunas se les pasaba la mano y empezaba el desgreñadero, se tiraban agua, cubetas, cepillos, todo lo que tuvieran a su alcance, hasta que llegaba algún hermano o la mamá a calmar la cosa. Mi casa era un solo cuarto. Teníamos una mesa, un catre, un ropero, el estante para los trastes, y la estufa de petróleo. Pegada al cuarto estaba la azotehuela, techada con láminas de cartón. Allí teníamos el lavadero, dos gallinas y un gallo, el excusado, pegado al lavadero para aprovechar el drenaje, y la perra disque cuidaba la casa. Vivía con mi mamá, su señor y sus cuatro hijos. El excusado lo compro mi padrastro con sus ahorros. A los vecinos se les saltaban los ojos de peritita envidia. Nos empezaron a decir las ‘Nalgas de Oro’ del coraje que traían. Según mi padrastro el excusado quería decir que podíamos más que los otros, y era su orgullo. El baño no tenía puerta, sólo una cortina de manta que se transparentaba toda; de nada servía andarse cubriendo.””Mi madre nunca me quiso. Cuando yo era una recién nacida mi padre nos abandonó. No sé cómo se llama, o se llamó, quién sabe y ella se fue con otro. De niña me pegaba mucho, y lo de siempre, cuando empecé a desarrollarme, su esposo quería aprovecharse de mí.”

“Mi vida no era fea, ni bonita, ni alegre, ni triste, nomás ahí la iba pasando como cualquier chamaca de mi edad. Lo único que me distinguía de las demás era que cuidaba la puerta. Hasta que un día mi padrastro trato de aprovecharse de mí en una forma  muy descarada y del coraje que me dio decidí irme para siempre de la casa… En la madrugada de ese día le fui a abrir la puerta a Pancho. Al verme chille y chille se puso a platicar conmigo. Le conté toda la historia de mi vida. Me dijo que mandara al diablo a mi familia y me fuera con él. Desde esa noche dormí a su lado y empecé a ser feliz. Mi vida ya tenía sentido.”

Como todo sector menesteroso de la ciudad de México, el barrio de los Ángeles exhibió desde su fundación las características de la Cultura de la Pobreza, a saber, tasa de mortandad relativamente alta, expectativa de vida  menor, bajo nivel de educación y de alfabetismo, lucha constante por la vida, largos periodos de desocupación, vivienda incómoda y apretada, carencia de intimidad de conducta, alta incidencia de alcoholismo, recurso frecuente a la violencia, temprana iniciación en la sexualidad, unión libre, abandono de madres e hijos, familia centrada en la madre, autoritarismo paternal, fatalismo religioso, machismo, complejo de mártir en la mujer…

Bajo los auspicios de Nuestra Señora de los Ángeles inició el Padre Garcidueñas las grandes luchas que lo esperaban en el trato con sus parroquianos, grandes en verdad porque el estado moral del barrio estaba a punto menos que lamentable. No es de extrañar que la actividad del Padre tropezara con enemigos del mismo barrio, perjudicados en sus intereses y resentidos por la influencia moral del sacerdote, por sus consejos en el confesionario, y por su ardorosa predicación. En un medio en que la venganza y el asesinato eran recibidos como formas naturales de desquitarse, se requería de valor extraordinario para meterse  por aquellas vecindades, transitar de noche por las callejuelas, y confiarse a las peticiones, muchas veces engañosas de quienes solicitaban algún servicio.

Para la gente buena del pueblo, no hay duda de que la Santísima Virgen protegió milagrosamente a su servidor. Sobre este capítulo los vecinos del barrio cuentan casos notables. Nos referimos a unos bien atestiguados.
“Recién llegado el Padre a los Ángeles, cuenta Victoria Bustillos, cuando el barrio estaba infestado de hampones, una tarde en que hacía una tarde de perros, dos individuos lo mandaron llamar al locutorio:
-Queremos, Padre, que vaya a atender a un enfermo.
-¿Está grave?
-Está a punto de morir.

El Padre partió con ellos. Al llegar a cierta casa, lo  hicieron pasar a una pieza aislada, y se retiraron como para manifestar su respeto por el secreto de la confesión. Maquinalmente el Padre toma una silla y se aproxima al hombre cubierto por las frazadas…

De pronto el Padre abre la puerta y dice a los que lo habían acompañado:
            -¿Por qué no fueron a buscarme antes? Ya es demasiado tarde. Está muerto.

Los dos hombres no comprendían nada. Sabían que el individuo no tenía enfermedad alguna. Se habían puesto de acuerdo con él para asesinar al Padre.
Entran en la habitación y comprueban que el hombre está perfectamente muerto. Confesaron al Padre lo que habían tramado. El muerto conservaba el puñal en la mano.”

El padre solía contar desde el púlpito acontecimientos vividos por él, como ejemplos para inducir a sus oyentes a ponerse bajo protección de la Virgen. Una Religiosa de las Madres del Consuelo, Sor Concepción, afirma haber oído al padre desde el púlpito al Padre Garcidueñas referir el hecho siguiente:
“Un hombre vino un día a buscarme para ir a atender un enfermo. Debía estar muy lejos, pues parecía que nunca íbamos a llegar.
-¿Queda todavía más lejos?- le pregunté.
Él, sin responderme me dio un empellón, y caí en la barranca. Logré levantarme y volví a la casa cojeando. Pocos días después, estando yo en la iglesia, fueron a avisarme, que afuera en la acera, enfrente de la puerta, había un hombre tirado en el suelo, que parecía enfermo o borracho. Me acerqué a él, y cual no sería mi sorpresa al reconocer al hombre que me había precipitado en la barranca. Estaba muerto.”

Luz López Islas comenta los recuerdos de su madre: ”Es ya demasiado anciana para venir a dar su testimonio; pero yo transmito fielmente lo que ella me ha repetido muchas veces. El hecho siguiente sucedió cuando el barrio estaba todavía plagiado de malhechores. Uno de ellos asaltó un día al Padre, y le tiró una puñalada. La punta del puñal se detuvo en la medalla de la Virgen que llevaba encima. Mi madre asegura que oyó al Padre contar el hecho desde el púlpito.”

Luis Cárdenas, antiguo monaguillo, reposadamente evoca sus recuerdos: “Estaba yo un día en la iglesia con mi madre, cuando entró un mujer vestida de negro, que muy excitada decía en voz alta al Padre que se pusiera a salvo en seguida, pues dos hombres armados, que estaban en la puerta de la iglesia proferían amenazas de muerte contra él. El Padre con mucha calma termino de confesar a los penitentes que esperaban su turno, y luego se quitó la estola, se puso una capa y se dirigió a la puerta, donde lo acechaban los dos hombres.”
“Inquietos por saber lo que iba a pasar, mi madre y yo nos fuimos detrás de él. Al salir, el Padre dio vuelta hacia la derecha, y entró en el jardín que entonces estaba lleno de árboles y rodeado de un muro alto…Lo vieron entrar al jardín y lo siguieron. Yo les oí decir: Esta vez no se nos escapa. Registraron el jardín y el Padre había desaparecido. Cuando los hombres se hubieron marchado, mi madre y yo recorrimos el jardín, y efectivamente el Padre no estaba.”

Sería hiperbólico afirmar que el P. Garcidueñas en 35 años de labores, logró transformar de punta a punta el barrio de los Ángeles. Pero si se puede decir que dejó profunda huella en el mejoramiento de sus habitantes. El P. Antonio Dragón, que hizo investigaciones al respecto, le aplica la frase dicha sobre el cura de Ars, San Juan Bautista Vianney: “Provocó una revolución en los corazones.”
Además, afirma el mismo P. Dragón, que el General Rosalío Flores preguntó una vez por los años 1990 al Jefe de policía de la ciudad de México:
            -¿Por qué ya no van ustedes al barrio de los Ángeles?
            -Ya no es necesario desde que el P. Garcidueñas trabaja allí.
Antes era la zona que más quehacer nos daba. Ahora es la más tranquila.

Bibliografía: Salvador Garcidueñas.
Bienhechor del Barrio de los Ángeles
Editorial Porrúa, 1985.