¡Quietos cómo un resorte y listos cómo un cerillo!

Por:  Alfonso  Hernández  H.
Cronista y Hojalatero Social

La acelerada crisis del medio ambiente, y el deterioro de la calidad de vida en la ciudad, son generados por un urbanismo especulativo y depredador,  que fractura y vulnera la esencia y la raigambre de todos los barrios populares: donde las cuatro estaciones y los cinco sentidos, conforman el novenario del vía crucis del vecindario metropolitano.

De entre todas las características que hacen diferente a Tepito, se confirma la hipótesis de que cada barrio antiguo es una parte esencial de esta ciudad desbordada, en la que la vitalidad de ciertos barrios es lo que conforma su perfil urbano. Pues dicen las abuelas que: una ciudad sin barrios, sería como un rebozo sin barbas, o sea: una ciudad rabona.

El mito fundacional del topónimo de Tepito coincide con las tres vocales pareadas en la toponimia de México. Y hasta la fecha, los chilangos no entienden lo que significa el magnetismo que atrae a tanta gente a este barrio macarrón, cuyo destino es, que nadie crea en su destino.

En la gran ciudad de México, las personas que pasan por las calles no se conocen y hasta parecen ignorarse. Y al verse, imaginan mil cosas las unas de las otras. Y los encuentros no ocurren entre ellas, ni hay conversaciones ni sorpresas, ni surgen caricias ni saludos. Pero eso sí, cuando rozan los cuerpos o el pasamanos, se desviven pidiéndose mil disculpas.

La hipocresía y la mojigatería han sustituido a la cachondería. Nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen despavoridas, cual pendejos con prisa, buscando otras miradas que constantemente se evaden, a menos que se trate de mirar a alguien fuera de lo común.

Ante el creciente anonimato de la ciudad, los barrios siguen siendo la mejor escala urbana para consolidar el arraigo, la identidad, y la cultura local. Y los sujetos de la experiencia de cada barrio, tienen mucho que aportar a lo que la ciudad necesita para existir con mejor calidad de vida urbana, entre tantos equipamientos del poder que controla el capital inmobiliario.

Es por ello que esta ciudad es una para el que pasa sin entrar, y otra para el que está preso en ella y no sabe o no puede salir de ella. Del cómo se llegue o se ubique uno en ésta ciudad, depende irse de ella para jamás volver o quedarse para siempre y nunca irse manque tiemble.

Pues cuando se aprende a conocer los barrios y sus mercados, a visitar los museos y paseos, a buscar las cicatrices dejadas por sus acequias canales y albarradones lacustres, y a presenciar cómo los vestigios ancestrales están resurgiendo al proceso de hundimiento del asfalto; es entonces cuando nunca seremos cómo esos chilangos de plastilina, que gustan pasearse para verse reflejados en los aparadores de los centros comerciales.

He de presumirles que la convivialidad en Tepito, es cabrona y pendenciera, marcando el territorio libre y soberano de cada cuerpo. Y ni que decirles de su laboriosidad creativa, donde todos nos conocemos y parloteamos o nos albureamos, porque todos sabemos utilizar las baisas y el cerebelo, con la rapidez de una matriz cultural que va adecuando el reciclaje de todos los oficios que hemos aprendido a hacer nuestros.

Y aunque algunos parezcan estar fuera de la ley del Seguro Social, y demás reglamentaciones inventadas para dizque proteger los intereses de los sindicatos y los derechos los niños y los jóvenes; quienes ahora dolorosamente deben aprender los oficios y vicios que la marginación social les enseña en esa escuelita llamada “situación de calle”.

A Tepito no sólo se viene a vender y a comprar, sino también a tramar y sentir emociones, o a traficar entre el vibrante ir y venir de innumerables diablos transportando mercaderías. ¡Ay va el diablo! y aguas con no cederle el paso a cada chamuco de este Tepipochtlán que sigue siendo un lugar de mercaderes que truequean y piratean en los sietes mares, usando el astrolabio que rige las coordenadas en la grupa continental del nuevo tianguis global.

A Tepito se le cataloga como uno de los epicentros de esta ciudad caótica. Y la fuerza , la bravura y la resistencia que caracterizan a Tepito, son una red que está llegando a su límite. Y hasta hay investigadores de reputada reputación que llevan tiempo indagando cuál es la piedra fundamental del andamiaje histórico que sostiene al barrio. Sin entender que Tepito no está sostenido por ninguna de las piedras de su añejo puente histórico, sino por el eje de su bisagra con el Centro Histórico.

Tepito se ha convertido en lo que es. Porque no se le puede dar otro nombre que signifique lo que no es. Pues el acontecer en cada calle del barrio corresponde a un lugar de la ciudad. Y todas las cosas contenidas en la ciudad están presentes en Tepito, dispuestas según sus proporciones.

Y si se aventuran a un Safari en Tepito, para explorar y sentir sus vibrencias, se convencerían de que cada espacio vital del barrio corresponde a un lugar de la ciudad y que todas las cosas contenidas en la ciudad están comprendidas en este barrio. Por eso, cuando a los chilangos los espantan con lo que sucede en Tepito, los tepiteños afirmamos que México ya es el Tepito del mundo y que Tepito sigue siendo la síntesis de lo mexicano.

Al igual que cada barrio antiguo, Tepito tiene las medidas y la forma del territorio donde siempre han trascendido los acontecimientos de su cotidianidad, semejando una cuchilla de obsidiana o pedernal, cuya figura poliédrica tiene filosas aristas que rasgan su contorno. Y sin saberse cómo lo hace, el obstinado barrio de Tepito sigue construyendo rizomáticamente su adentro y su afuera, más allá de sus límites geográficos.

La suerte geopolítica del emblemático barrio de Tepito, es continuar siendo otro epicentro de este infierno metropolitano. Y seguir siendo parte de él, hasta el punto de dejar de serlo, gracias a su nueva progenie, más aguerrida y vacunada por la fuerza, bravura y resistencia barrial, hasta lograr ser invulnerables a la seducción del narcomenudeo y refractarios a las trampas de la corrupción del sistema.

En esta ciudad, a los chingadazos y al trabajo pocos l´entran. Por eso, los tepiteños nos sentimos los chilangos más creativos y osados de la capirucha. Pues desde cuando nos salen las primeras peleas en la Coliseo, los abuelos nos enseñan a traer siempre en chinga a nuestro Ángel de la Guarda. El carisma del vecindario se sigue sobreponiendo al estigma delincuencial, con el que se pretende catalogar a Tepito cómo el barrio de las almas perdidas.

El silabario alburero barrial recomienda que, para ir a Tepito deben ponerse en Pino Suárez, viendo para Catedral. Luego, derechito, ocho calles al norte, como quien va donde la virgen te habla. Justo hasta donde sientan que les comienzan a repapaloterar las orejas, allí es el obstinado barrio de Tepito.

A los que logren salir adrenalinos, y sin haber comido, como premio, se les ofrece un raspado de anís, se les dispara unos ostiones en el centro o se les cumple algún otro antojo que nada tenga que ver con las chinaderas, ni la fayuca cultural que importa y distribuye el gobierno.