Re-conociendo a los Tepiteños   

Por: Alfonso Hernández H. (El Cronista)

 

El carisma de Tepito permanece latente en la ciudad,  generando la emoción sensible que lo unen a esos otros barrios, con los que comparte identidades estigmatizadas, cuya complejidad cotidiana es una catarsis convertida en una vía de conocimiento urbano. Donde las prácticas silenciosas son ante todo orgánicas y rizomáticas, es decir, el enemigo tiene menos importancia que el vínculo social que se deriva de ellas.

En la ciudad, la homogeneización mundial se da a través de procesos económicos, tecnológicos y culturales; con los que la pérdida de identidad territorial se difumina en el paisaje urbano y en la falta de un grupo estable y con pertenencia a un espacio determinado.

Cada vez es mayor el proceso de ruptura de la identidad barrial asociada al territorio. La reordenación del espacio urbano se ha traducido en una nueva geografía en la cual los habitantes de la metrópoli ya no se reconocen en ella. Pues las calles ya no son espacios comunales sino espacios de apropiación excluyente. Por lo que a nosotros nos interesa más el espacio de Tepito que el tiempo que tiene este barrio sobreviviendo con bravura.

La nueva sociedad del espectáculo, además de la televisión, está utilizando la piratería en audio y video para propiciar el confinamiento domiciliario, cuyo etiquetamiento identitario funciona como amortiguador social otorgado por los aparatos de poder, que propician que el pueblo se convierta en un público consumidor de sus eventos.

Desde su conformación como barrio de indios, y posteriormente como arrabal, Tepito quedó inscrito como barrio marginal inmerso de programas disciplinarios, que le han ido socavando la vitalidad de su centro de barrio y la de sus plazas públicas. Y qué decir de cómo han fraguado el olvido de la lucha y la organización para la defensa del barrio y de su vecindario convertido en la columna vertebral de Tepito. Pues hoy, nada puede contrarrestar la indiferencia condominial ante el subarriendo de las accesorias y viviendas por comerciantes coreanos.

Ante esta mutación cultural, está fuerte la disputa entre los tepiteños y los tepiteros, y la riña entre los chingones de Tepito contra los chingadores de tocho. Todos con las mismas emociones del marginado, en este barrio de las almas perdidas, cuya historia de la vergüenza y el orgullo, es asumir la culpa de todos por la fama de algunos. Pero eso sí, nadie se excluye de ser reconocido por otros como un ser diferente.

El Estatuto del barrio sigue estableciendo de manera virtual la forma en que nos constituimos como personas, como sujetos, y como individuos socializados para la interacción con los otros y con el tianguis global. Lo que explica el proceso por el que nuestra identidad social real ha devenido en un modo de vida, en un estado de ánimo, en una forma de ser, y hasta en un estado mental, que nunca nos podrán expropiar. Pues con el pensamiento barrial y la digestión cerebral, articulamos una razón sensible para instrumentar metáforas que funcionen como ajedrez mental y palancas metodológicas y albureras para tratar de explicar ese Tepito, que pocas veces revela, que se rebela, porque su destino es que nadie crea en su destino de continuar siendo un barrio en resistencia.

 

 
 

 

¡Quietos como un resorte y listos como un cerillo!

Por: Alfonso Hernàndez H.